No es cuestión de minimizar la corrupción en el país: la verdad, la caca la tenemos hasta el cuello. Y tampoco es cuestión de negar los abusos que se han cometido: las instituciones son perfectibles (incluso el Ejército) y el respeto a los derechos humanos es una necesidad imperiosa.
Pero otra cosa es que un personaje tan oscuro como la Gordillo se erija en un adalid de la verdad y la pureza: ¿Cuántas acusaciones de asesinato de maestros disidentes ha enfrentado en su carrera de sindicalista? ¿Cuál es el origen de su fortuna y porque su sindicato no transparenta sus gastos y cuentas? ¿Acaso ella, junto con Roberto Madrazo, no se robaron una elección interna del PRI-nosaurismo, misma que les permitió a ambos ocupar los máximos cargos de su partido?
Es por ello que la indirecta que le lanzó Calderón le ha de haber caído como gancho al hígado: el mandatario respondió que el verdadero costo son los millones de mexicanos que han sufrido la “inacción, la pasividad, la cobardía, la ineficiencia” que provocó que el país cayera en manos de la delincuencia.
Eso es lo malo de políticos como la Gordillo, que se supone era una aliada política del presidente: nomás velan por si mismos y no le tienen lealtad a nadie ni a nada. Y deberían callarse o hacerse a un lado en vez de soltar reclamos que nadie les cree.


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